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Convivencia entre bebés y gatos (1)

20 enero 2014161 lecturasSin ronroneos
 

Bebés, infantes y gatos

Los artículos con pautas de educación para una convivencia pacífica entre bebés y gatos son una selección de experiencias personales de mujeres que no abandonaron a sus gatos durante el embarazo por temor a la toxoplasmosis ni desungularon a sus gatos cuando fueron madres por miedo a que el gato tuviera celos y atacara al recién nacido o la tomara en un futuro contra el bebé por sentirse destronado, eligiendo informarse y buscar soluciones que no fueran lesivas, crueles e injustas. Quizá muchas de estas experiencias personales sirvan a madres primerizas desorientadas ante advertencias malintencionadas o la psicosis difundida por otras personas de su entorno.

Vamos a empezar por el principio: no sólo es innecesario desungular a un gato para “proteger” a tus hijos, dejando a un lado otras cuestiones relativas a la desungulación, lo cierto es que al desungular a tu gato estás disponiendo un escenario que podría acabar en lesiones mucho peores o infección en el caso de que se produjera un altercado entre tu gato y tu hijo. Una cuidadosa y adecuada supervisión, así como enseñar a tu hijo algunas pautas básicas de prudencia, evitará que las garras y los dientes del gato se conviertan en una preocupación, y puedes además prevenir que cualquier altercado empeore más allá del punto en el cual el gato decide marcharse.

La mayoría de los gatos huirán con celeridad de una situación que perciban como amenazante o peligrosa para ellos. Si la retirada no es una opción, procederán con su primera línea de defensa – sus garras. Mientras que un gato con garras podría dar desde un zarpazo de advertencia usando solo la almohadilla, ampliado hasta un leve a severo arañazo defensivo, en cualquier zona del cuerpo, aunque generalmente rostro y manos, desde no lacerar la piel hasta provocar una hemorragia, como primera defensa en un altercado; un gato sin garras dará siempre un mordisco defensivo en primer lugar, y no dan mordiscos de amonestación del mismo modo que los arañazos de apercibimiento.

La única vez que aflojé mi supervisión con bastante imprudencia, y mi hija agarró un antebrazo lleno de pelo, mi gato replicó con un manotazo de advertencia en la frente del bebé. Mientras la bebé decidía si aquello justificaba o no ponerse a llorar, la tomé en brazos y la giré hacia mí esperando encontrar un arañazo horrible: pero no había una sola marca sobre su piel. Este gato totalmente equipado con sus garras expresó su desagrado y lanzó su advertencia sin usar una sola uña. Al desungular a tu gato, lo has despojado de su primera línea de defensa y el sentimiento de vulnerabilidad los llevará a una reacción más extrema con su siguiente línea de defensa: sus dientes. Las mordeduras habitualmente son más profundas, acarrean infecciones, y resultan en un mayor trauma emocional.

Cuando el bebé se va haciendo mayor, es aún más importante que supervises su interacción con tus gatos. Cuando un niño pequeño es capaz de buscar deliberadamente y alcanzar un objeto que desea, la cola de un gato (y en menor grado, el resto del cuerpo del gato, también) se vuelve irresistible. Esa cola ondeando por la vivienda se ve tan tentadora, ¡simplemente *debe* ser agarrada! Cuando han crecido lo suficiente para dar sus primeros pasos, la cola del gato se vuelve mucho más fácil de atrapar, puesto que al mismo tiempo que el gato se marcha, el niño mantendrá una intensa persecución. Los niños pequeños tienen poco o ningún autocontrol de sus impulsos, y como padres, es nuestro deber hacer intervenciones, proporcionar orientación, educar a nuestros hijos para que respeten los límites del gato, y enseñar también a tu gato que la nueva pequeña persona de la casa es confiable, no supone ninguna amenaza, dado que no tolerarás que suceda nada malo al bebé. No me cansaré de insistir sobre lo importante que proporcionar supervisión durante las interacciones entre los bebés y los gatos hasta que el menor alcance un nivel adecuado de autocontrol en sus impulsos.

gato y bebé

Tan pronto como mi bebé comenzó a percatarse de la presencia de los gatos y a prestarles atención, establecí una interacción activa y controlada entre ellos. Si comienzas tan pronto como el bebé parezca interesado, y lo repites a diario, tantas veces como se sientan cómodos el gato y el bebé, el menor crecerá sabiendo cómo debe acariciar al gato, por qué mimamos al gato de la manera en que lo hacemos, y cómo reconocer los signos que indican que un gato ya se ha cansado o está harto. Esto debe hacerse con la colaboración del gato, si no muestra predisposición favorable, no será un momento adecuado. Tu hijo/a debe aprender que acariciar y jugar con el gato se hace únicamente en los términos aceptables por el gato, no impuestos contra su voluntad.

  • Mantén al bebé en tu regazo y habla con él sobre el gato mientras está mirando al felino doméstico. Incluso aunque el bebé sea todavía pequeño para articular sus primeras frases, repite con el bebé: “El gatito es bonito. Queremos al gatito. El gatito nos quiere. Acariciamos al gatito con suavidad.” (**U otras frases declarativas y confirmativas.)
  • Si el gato tiene un temperamento afable, toma al bebé en tu regazo, y guía sus manos hasta tocar con suavidad la espalda del gato, repitiendo con el bebé “Acariciamos al gatito con suavidad. El gatito nos quiere.” **
  • Si el niño choca su mano cerrada contra el pelaje del gato, abre con calma su mano para que use la palma al tocar la espalda del gato y repite “No le agarramos. Agarrar hace daño. Acariciamos al gatito con suavidad. Queremos al gatito.” **
  • Tan pronto como el gato muestre cualquier signo de rechazo (mover la cola como un látigo, echar las orejas hacia atrás) o trate de marcharse, debe terminar la interacción. Dile al bebé: “El gatito está cansado ahora. Vamos a jugar mejor con los bloques de colores (sirve cualquier juego o actividad que distraiga al bebé para que deje de prestar atención al gato).” Con un niño más mayor, como un infante que ya camina y habla, puedes decir: “¿Has observado cómo mueve la cola y coloca sus orejas hacia atrás? Eso significa que el gatito está cansado de que lo acaricien. Mejor vamos a jugar a los bloques de colores ahora. Vamos a construir un puzzle juntos mientras el gatito descansa. Busquemos el sonajero, o si prefieres jugamos con tus peluches y juguetes favoritos, etc. para dejar al gatito tranquilo.” **
  • No permitas que el niño intente retener en sus brazos al gato cuando el animal está intentando marcharse. Toma al niño de tu mano y llévalo diciendo: “El gatito está cansado ahora” y participad juntos en alguna actividad entretenida.
  • Si el niño es suficientemente mayor para dar pasos y caminar, no le permitas que persiga al gato. Si está interesado en acariciar al gato, y te das cuenta que ha comenzado a perseguirlo por la casa, toma al niño y haz que se siente en tu regazo o entre tus piernas en el suelo, y llama al gato. Si el gato acepta venir, procede entonces con la interacción antes descrita.
  • Si el gato no tiene intención de volver, di al niño: “El gatito no quiere jugar. No debemos perseguir al gatito” y participad juntos en alguna actividad entretenida. No permitas que el niño dé caza al gato y lo persiga por la vivienda bajo ninguna circunstancia. El niño *debe* aprender que cuando un gato se marcha y escapa, hay que dejarlo en paz. Si permites que los niños persigan al gato y lo acosen estarás preparando un escenario para que acaben recibiendo un arañazo o mordisco, toda vez que el gato se defenderá si es acorralado y no puede zafarse.

¿A qué edad es adecuado que los bebés interactúen con los gatos?

A una edad apropiada, un niño puede empezar a divertirse con un juguete interactivo, por ejemplo una varita de la cual cuelgue un ratoncito de peluche o una pelota. Bajo mi criterio, no empezaría hasta los 3 años de edad. Nuevamente, supervisa siempre y guía la actividad hasta que el niño sea confiable al manejar el juguete.

Mantén al niño en tu regazo, coloca la varita en su mano, y con tu mano sobre la suya guíalo para que la desplace con detenimiento alrededor mientras el gato trata de cazar lo que sea que cuelgue del juguete. No entregues simplemente la varita al bebé para que la use a su manera porque podría estar tan entusiasmado que llegue a golpear al gato con la varita accidentalmente. Si el niño se siente frustrado, o se revuelve cuando colocas tu mano sobre la suya para orientar la varita, para el juego, y pasa a otra actividad entretenida. Recuerda, no importa lo mal que se ponga su pataleta o lo fea que sea la rabieta, eres su padre/madre, debes mantener el control, y tu hijo/a está aprendiendo de ti cómo comportarse con el gato, y a través del control que tengas de la situación enseñarás al gato a no tener miedo del niño.

Mi hija menor estaba fascinada por los gatos tan pronto como fue lo suficientemente mayor para percatarse de su presencia y prestarles atención, desarrollando una estupenda relación. En la mayoría de los bebés que ven continuamente un gato en el hogar, la primera palabra que pronuncian es “mamá” o “papá”, la primera palabra de mi hija fue “¡gatito!”

gato y bebé

Empezamos a enseñar a nuestra hija Megan cómo acariciar a los gatos a la edad de cuatro meses. Cuando escribí este artículo, ella tenía casi dos años, y estos dos años están llenos de bonitos recuerdos, como la primera vez que le dio a Pasha un beso con la boca abierta dejando babas en la parte superior de su cabeza. A la gata le llevó 15 minutos limpiarse su pelaje mientras me lanzaba miradas de desagrado, algo molesta por tener que quitarse la saliva del bebé, pero antes de escalar por el rascador en forma de árbol devolvió la muestra de afecto frotando su cabeza contra el mentón de Megan.

Luego estaba la vigilante Mischa dando “besos bigotudos” a Megan mientras nos tumbamos en el suelo para acariciar suavemente su pelaje; la observadora Ana tomaba gentilmente premios de comida de las manos de Megan, y se achuchaba contra su cuerpo comenzando a ronronear para mostrar su agradecimiento; Lynx custodiaba a la bebé entrando a la carrera en la habitación, frotarse insistentemente contra la espalda de Megan para marcharse repentinamente después. Megan ya es lo suficientemente mayor como para no tener que sostenerla en mi regazo cuando acaricia a los gatos, sin embargo me mantengo cerca y superviso sus interacciones. Los gatos confían en que los protegeré junto a ella porque siempre lo he hecho, y porque están aprendiendo a confiar en Megan.

Lleva tiempo y dedicación, pero la recompensa de poder observar cómo tu hija desarrolla un vínculo respetuoso y cariñoso con sus mascotas, ver cómo gatos y niños prosperan en una afectuosa relación, compensa de lejos cualquier inconveniencia que surja en el camino.

Artículo original en inglés de Lisa Violet publicado en Kids and Cats traducido al español.

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