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Miguel Hernández | La gatita Mancha y el ovillo rojo

27 Marzo 2017287 vistasSin ronroneos

Había un ovillo en el costurero.
Era un ovillo grande y muy rojo.
Era un ovillo muy bonito.

La gatita Mancha dijo al verlo:

¡Miaumero! ¡Miaumero!
Una pelota roja.
Yo la quiero. Yo la quiero,
aunque me quede coja.

Yo llegaré hasta el costurero.
El costurero está muy alto.
Pero todo será cuestión.
de dar valientemente un salto
aunque me lleve un coscorrón.

Saltó la gatita Mancha.
Cayó dentro del costurero.
El costurero, el ovillo rojo y la gatita Mancha
cayeron de la mesa y rodaron por el suelo.

Dijo la gatita:
¡Miaumiar! ¡Miaumiar!
¡Yo no puedo correr!
¡Yo no puedo saltar!
¡Yo no puedo ni un pelo mover!
¿Quién me quiere ayudar?

Al oírla, vino Ruizperillo.
Y vino su madre.
Y la hermanita de Ruizperillo
también vino.

Y toda la familia de Ruizperillo
vino a ver a la gatita Mancha
enredada en el ovillo.
Todos reían viéndola
cada vez más enredada
en el algodón del ovillo rojo.

La madre de Ruizperillo dijo:

Mancha, Manchita,
usted está de broma.
Ahora necesita,
mi ayuda, gatita, paloma.

Este ovillo
no es para una gata pequeña,
sino para una que enseña
viejo el solomillo,
vieja la nariz y aguileña.
No sabe usted
bordar ni coser,
gatita de dientes
y uñas de alfiler.

Toda la familia de Ruizperillo rió
hasta que la gatita Mancha salió
de su cárcel de algodón.

Entonces, Ruizperillo
dejó en el suelo su pelota de goma
para que Mancha jugara con ella.

Y la gatita asustada echó a correr asustada diciendo:
-¡Fus! ¡Fus! ¡Parrafús!

Porque el gato más valiente
si sale escaldado un día,
huye del agua caliente,
pero, además, de la fría.

La gatita Mancha y ovillo rojo, es el cuarto y último cuento escrito por Miguel Hernández (Orihuela, 30 de octubre de 1910 – Alicante, 28 de marzo de 1942), poeta y dramaturgo tradicionalmente estudiado en la generación del 36, aunque fue epígono de la generación del 27. Fue lo último que Miguel Hernández escribió desde la cárcel en 1941 para su hijo Manuel Miguel (1939-1984), tras ser condenado a cadena perpetua en 1939 por un tribunal franquista por su pasado como comisario político en el bando republicano. En el verano de 1936 se afilió al Partido Comunista de España y desde comienzos de 1937 fue comisario político militar. En plena Guerra Civil, alistado en el quinto regimiento republicano en los frentes de la batalla de Teruel, Andalucía y Extremadura, logró escapar brevemente a Orihuela para casarse el 9 de marzo de 1937 con Josefina Manresa y volver después al frente en Jaén. En el verano de 1937 asistió al II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas celebrado en Madrid y Valencia, donde conoció al escritor peruano César Vallejo. Recluido en el Reformatorio de Adultos de Alicante, a donde llegó desde el Penal de Ocaña, el poeta solo tenía en mente volver a abrazar a su mujer y a su hijo. Fue para su pequeño Manuel Miguel para quien escribió El potro oscuro, El conejito, Un hogar en el árbol, La gatita Mancha y el ovillo rojo, cuatro relatos poéticos que escribió sobre seis pequeñas hojas de papel higiénico cosidas en su parte superior por un hilo de color ocre.

La gatita Mancha y el ovillo rojo

Con motivo del 75 aniversario de la muerte de Miguel Hernández, la editorial Nórdica publica Cuentos para mi hijo Manolillo, un volumen que recoge los cuatro relatos escritos por el poeta para su hijo en la cárcel, donde los ilustradores Damián Flores, Sara Morante, Adolfo Serra y Alfonso Zapico han producido imágenes para los textos además de los dibujos originales que tenían los manuscritos; y Espasa publica Tenemos que hablar de muchas cosas, una antología donde poetas contemporáneos escogen varios poemas de las Obras Completas de Miguel Hernández. Dos de los cuentos, El potro oscuro, El conejito, se publicaron en 1988 y los dos restantes, Un hogar en el árbol, La gatita Mancha y el ovillo rojo, habían permanecido inéditos y no se conocieron hasta el centenario del nacimiento de Miguel Hernández.

Los cuatro cuentos infantiles representan un gesto de amor de un padre a su hijo, reducidas todas las expectativas de supervivencia. Pese a estar enfermo de bronquitis, tifus y desarrollar tuberculosis, reunió las fuerzas para terminar su último proyecto literario y hacerlo llegar a su hijo Manuel Miguel. El librito que contiene los cuentos El potro oscuro, El conejito, fue confeccionado entre Miguel Hernández y Eusebio Oca Pérez, compañero de prisión, maestro, periodista y responsable de pasar las hojas a limpio y hacer las ilustraciones. La Biblioteca Nacional de España adquirió el manuscrito original en el año 2014 y lo guarda a buen recaudo junto con algunas piezas manuscritas de Miguel Hernández: un poema perteneciente al Cancionero y Romancero de ausencias (1938-1941) y tres hojas de papeles autógrafos con versos: La espera puntual de la semilla, ¿Sigo en la sombra? y El hombre no reposa. El manuscrito se incluyó junto con otras obras poéticas en la exposición La sombra vencida 1910-2010. Se trata de seis pequeñas hojas de 12 por 19 centímetros, escritas y con dibujos, cosidas en la parte superior por un hilo de color ocre, y con los bordes envejecidos e irregulares. Por el tamaño y la descripción se deduce que son hojitas de papel higiénico con las que se formó un pequeño cuaderno que tiene al final varias hojas en blanco.

Desde junio de 1941 al 28 de marzo de 1942, cuando muere, pasan casi ocho meses en los que sabemos que a fines de noviembre, Miguel Hernández padece un calvario en la enfermería de la cárcel. Además de que su salud se deteriora por la tuberculosis, recibe visitas de tres sacerdotes: Almarcha, Vendrell y Dimas, que buscan su conversión al nacional-catolicismo y la abjuración de sus ideas políticas, Hernández resiste a aquel caritativo infierno negándose a una retractación política, lo que impide, por inacción del canónigo de Orihuela Luis Almarcha Hernández quien durante la juventud del poeta puso a su disposición libros de San Juan de la Cruz, Gabriel Miró, Paul Verlaine y Virgilio entre otros autores, que se traslade a Miguel Hernández hasta su última posibilidad de curación, el sanatorio antituberculoso valenciano de Porta Coeli.

En esta situación, el poeta ya no escribe, su estado físico lo mantiene postrado en una cama y, sin embargo, prepara con la ayuda de un compañero un libro de cuentos para su hijo. Lo anticipa en una carta a su mujer, que supongo escribe entre diciembre de 1941 y enero de 1942 donde, tras pedirle que le haga llegar alimentos -éste es el objetivo principal de la correspondencia de un hombre que sabe que está muy enfermo y su vida está llegando a su final- le dice: “Si hace mal día no vengas, que el médico me ha dicho ayer que debiera esperar dos o tres días. Pero yo quiero ver a mi hijo y a mi hija y dar al primero un caballo y un libro con dos cuentos que le he traducido del inglés. Bueno, nena, hasta luego. Está haciéndose de día, y creo que hará sol. Besos para mi niño. Te abraza, Miguel”.

Miguel Hernández junto a su mujer Josefina Manresa en Jaén en 1937

Josefina Manresa contó el mismo episodio en sus Recuerdos de la viuda de Miguel Hernández: “Transcurrió un mes así hasta que por fin lo pude ver. Lo sacaban entre dos personas, que no sé si serían presos, cogido del brazo y lo dejaron agarrado a la reja. Llevaba un libro en la mano, eran dos cuentos para su hijo que él había traducido del inglés. Al terminarse la comunicación quiso darle él por su mano el libro al niño y no lo dejaron, como era su deseo. Así me lo decía en una esquela. Un guardia se lo tomó y me lo dio a mí”.

Jose Carlos Rovira Soler, profesor de Filología Española, Lingüística y Teoría de la literatura en la Universidad de Alicante, publicó en 1988 Últimas ausencias para un niño: algunas notas a dos cuentos traducidos por Miguel Hernández, a través de la editorial Palas Atenea de Madrid, en dos volúmenes: el primero recoge los dos cuentos para Manolillo traducidos del inglés junto con dibujos del poeta, y el segundo es un estudio de crítica literaria.

Edité en facsímil aquellos cuentos en 1988. Los acompañaba un pequeño volumen en donde, entre otras reflexiones, supuse la paternidad hernandiana de la confección material del libro, mediando su relación con el dibujo a lo largo de su obra. La caligrafía se me resistía por lo que dejé abiertas varias posibilidades. Ahora sé que me equivoqué en 1988. Primero, en algo que hoy me parece obvio: Hernández estaba lo suficientemente mal para que no pudiera hacer un trabajo que es muy bello en su factura material, una encuadernación y unos dibujos. Lo hizo un compañero que estaba en la enfermería llamado Eusebio Oca Pérez, maestro nacional y buen dibujante que, por aquellos días, preparaba un volumen similar, con otro relato, para su hijo llamado Julio Oca Masanet, que tenía apenas un mes menos de edad que Manuel Miguel, el hijo de Hernández.

Eusebio Oca Pérez construyó aquel libro y por los mismos días envió a su hijo un libro muy parecido titulado “Petete Pintor”, que se diferencia del otro en que los dibujos están repetidos para ser coloreados, pero el trazo, los personajes y sobre todo la letra los hacen producto de la misma mano. Recibió como regalo un humilde conjunto de hojas que contenían los dos cuentos que convirtió en un librito, titulados “El potro obscuro” y “El conejillo”, más otros dos que han permanecido inéditos y se titulan “Un hogar en el árbol” y “La gatita Mancha”.

Son cuentos infantiles en apariencia muy sencillos. Cuando edité los dos primeros hice notar que, al margen de su condición anunciada de traducciones del inglés, Hernández lo había llenado de versos infantiles, como en el primero en el que dos niños, un perro blanco, una gatita negra y una ardilla gris, quieren ir a lomos del potro obscuro a “La gran ciudad del sueño”, y le dicen al caballito cosas como:

Llévame caballo pequeño
a la gran ciudad del sueño;

Hasta que, al final del cuento, “Todos estaban dormidos al llegar el potro obscuro a la gran ciudad del sueño”, por lo que, aparte de cuento para dormir a un niño, había en esa ciudad un espacio liberador que se acrecentaba en la metáfora del otro relato, donde un conejito se metía en un cercado, se hartaba de comer hortalizas; al engordar el estómago, no podía ya salir del encierro y era amenazado por un perro hasta que conseguía salir por otro agujero mayor.

Los dos cuentos infantiles inéditos cuentan dos historias que coinciden en algo con los primeros: “Un hogar en el árbol” es la historia de una familia de pájaros observada por dos niños, desde la incubación hasta que nacen cuatro pequeñuelos, que quieren volar muy pronto y caen al suelo, de donde los salvan los niños, hasta que, ya mayores, mamá y papá pájaro se los llevan a volar, mientras los niños les despiden gritando:

Hasta la vuelta, pequeñuelos
Y que no os vayáis a perder
en las estrellas de los cielos.
Venid siempre al atardecer.

La gatita Mancha es una traviesa gatita que se mete en un costurero donde ha visto un “ovillo muy grande y muy rojo”, y cae al suelo con el costurero y se enreda con el ovillo cada vez más al intentarse liberar de él, “su cárcel de algodón”, hasta que la familia en cuya casa está, tras reír porque cada vez se enreda más, la libera, y sale corriendo asustada, hasta que una moraleja, versillo con el que recrea un refrán, cierra el relato:

Porque el gato más valiente,
si sale escaldado un día,
huye del agua caliente,
pero también de la fría.

Los cuentos son metáforas destinadas a su hijo. Hay metáforas de encierro y libertad en los cuatro breves relatos, y por eso tengo la sensación ahora de que no son meras traducciones, sino juegos para su hijo en los que ha querido plasmar una metáfora ingenua, una metáfora de libertad para el niño, como las que construyó con rigor para todos nosotros en tantos otros poemas de la etapa final, en lo que conocemos como Cancionero y romancero de ausencias.

La biblioteca de Castilla la Mancha tiene una edición digital con dibujos de La gatita Mancha y el ovillo rojo.

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