¿Por qué se les llama gatos a los madrileños? | Parte II

Madrid fue un enclave geopolítico estratégico como Ribat entre los siglos IX – XI, concretamente desde el año 880, ciudadela fortificada por el emir Mohamed I محمد بن عبد الرحمن الأوسط hasta el año 1085 al ser asediada por las tropas cristianas del rey Alfonso VI, en plena Edad Media, con centro de comunicación y de enlace de torres vigía. La rábida es una palabra que procede del árabe clásico ribāṭ (رباط), a través del árabe dialectal de al-Ándalus, rābiṭa, lugar de estación de los musulmanes que se dedican a la piedad y la guerra santa. La ciudadela de Mayrït o Magerit, dentro de la muralla de Vistillas, es una fortaleza y puesto de vigilancia, que se ubicaba en lugares fronterizos con relevancia estratégica, al tiempo que es un monasterio árabe consagrado a la oración y la guerra santa por la expansión del Islam, por lo que implica la existencia de lugares de oración o de una mezquita, siempre dentro de las obras de la fortificación.

Muralla árabe en el parque Emir Mohamed I, catedral de la Almudena en Madrid

Fotografías de la muralla árabe de Madrid, tomada por Vamsi Krishna.

Muralla árabe en el parque Emir Mohamed I, catedral de la Almudena en Madrid

Entre la orografía cóncava de la muralla árabe de Mayrit y los recovecos de sus vestigios, es posible encontrar hoy a gatos callejeros de Madrid en el parque del Emir Mohammed I, custodios de la historia de la ciudadela.

El reinado del emir Mohamed hizo frente a continuas revueltas de muladíes y mozárabes desde el norte, que rivalizaron con el califato de Córdoba, especialmente en Aragón y Navarra. En el año 852 se sublevó la dinastía muladí Banu Qasi de Zaragoza. Toledo también se rebeló con el apoyo de Ordoño I de Asturias y Navarra, pero fueron derrotados por los musulmanes andalusíes en la batalla de Guadalacete. Mohamed ordenó levantar una serie de fortalezas en el territorio fronterizo conocido como Marca Media. Entre ellas, la muralla árabe de Maŷrit o Magerit, embrión donde sedimentó la futura ciudad de Madrid.

Existe consenso entre los historiadores que investigaron la presencia musulmana en España, particularmente respecto a la ciudadela de Mayrit, al situar a finales del siglo XII los vestigios conocidos del segundo recinto de la muralla árabe, que abarca una superficie irregular, de una 33 hectáreas, desde el primer recinto a Puerta de Moros – Puerta Cerrada donde pervive un mural con el primitivo lema de Madrid, en torno al conjunto heráldico se situaba una inscripción en latín «Sic gloria labore» / Así es la gloria del trabajo, que se completaba con una la leyenda en castellano: «Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son, esta es mi insignia y blasón».

El recinto amurallado de Puerta de Guadalajara – Puerta de Balnadú-Alcázar que, según Jerónimo de la Quintana era de cal y canto con argamasa, de 12 pies de ancho, tenía torres, barbacanas y fosos llenos de agua, de donde viene el nombre de cava que tienen algunas calles en La Latina, por haberse construido sobre este foso una vez cegado, como Cava Baja, desde la plaza de Puerta Cerrada hasta la plaza del Humilladero, adyacente y paralela a la Cava Alta que parte de la puerta de Moros y llega hasta la calle de Toledo. Si leemos el Fuero de 1202, vemos que la muralla seguía construyéndose dos siglos después para evitar que Madrid cayera bajo control de los almorávides.

Muralla árabe parque Emir Mohamed I, catedral de la Almudena en Madrid

Fotografía de la muralla árabe de Madrid, tomada por José Luiz Bernardes Ribeiro.

Los muros de fuego recuerdan las chispas que saltaban en la muralla por el impacto de las flechas sobre el pedernal. La vinculación con el agua procede del periodo visigodo, cuando la región era conocida como «Matrice» madre de aguas. La fundación de Madrid por los musulmanes sobre un terreno rico en acuíferos y arroyos, como el cauce que corría por la Calle Segovia hacia abajo, provocaba que algunas zonas de la ciudad, como la propia Plaza Mayor, fueran pantanosas. Entre las capas freáticas bajo el terreno de Madrid existe un acuífero terciario, formación geológica con una antigüedad entre 5 y 20 millones de años, con una extensión que sobrepasa los 2600 km2. Sin embargo, más allá de su gran extensión, la importancia de este acuífero radica en su gran espesor, que alcanza los 3000 metros en los Montes de El Pardo.

Los visigodos encontraron una gran fuente en lo que hoy se conoce como Plaza de Puerta Cerrada, donde surgía un arroyo que discurría hacia el río Manzanares. Por su abundancia de agua y de otros recursos, los ejércitos árabes en la península también establecieron un asentamiento fijo en el centro de la meseta hacia el siglo IX. Los musulmanes pusieron en práctica sus técnicas de canalización del agua, construyeron acequias (del árabe hispano assáqya, desde el árabe clásico al-sāqiyah, irrigadora) canales a cielo abierto construidos para el regadío de huertas y campos desde el actual emplazamiento de la Plaza de Oriente, Jardines de Sabatini, Campo del Moro hasta Las Vistillas y La Latina.

Los árabes tradujeron posiblemente el nombre germánico visigodo a «Mayrit», palabra compuesta por el término árabe «Mayra» (madre o matriz) y el sufijo «it» (lugar o emplazamiento). Tras el sitio de las tropas del rey Alfonso VI de León y Castilla en 1083, se recuperó el término de origen cristiano, «Matrice», que posteriormente fue transformado en «Matrit» y posteriormente a la actual denominación Madrid. Tras el periodo medieval y hasta el Renacimiento la capital fue Toledo; es a partir del año 1561 con la corte real de Felipe II pasó a ser definitivamente la capital de España.

Acuñación del gentilicio madrileño

El origen de esta expresión lo explica Fernández de los Ríos en su Guía de Madrid (Madrid, 1876, página 92, nota novena):

Gato: Fue apellido muy célebre en la conquista de Madrid en tiempo de Alfonso VI: en el asalto de la plaza hizo prodigios de valor un soldado que trepó por la muralla auxiliado de una daga que clavaba en las junturas de las piedras; sus camaradas dijeron que parecía un gato, palabra por la cual trocó su apellido la familia, tan estimada desde entonces, que no se tenía por nobleza castiza de Madrid a la que no pertenecía a aquel linaje, o al de Los Escarabajos y Los Muertos, que eran los tres más ilustres de la villa; de ahí el llamar a los hijos de ella gatos de Madrid”.

El gato, emblema de Madrid

Tan castizo como la osa y el madroño, es la calle de Álvarez Gato o callejón del Gato, una pequeña vía en el límite del Barrio de las Letras en Madrid, que une la calle de la Cruz con la calle de Núñez de Arce. En el siglo XVII aparece con el nombre de calle del Gato en el plano de Teixeira del año 1656, a espaldas del popular Corral de comedias de la Cruz.

Desde el primer cuarto del siglo XX es calle peatonal sin tráfico —«cerrada al tránsito rodado»— y en aquella época tuvo dos espejos “de cuerpo entero, cóncavo el uno y convexo el otro”, que distorsionaban la figura de quien contemplara su reflejo en ellos. Conscientes del efecto óptico, los paseantes, jóvenes y mayores, se miraban estupefactos o asustados de sus deformes cuerpos, evocadores de “Quijote y Sancho”, por alargar la figura de quien se mirara en el cristal de forma espigada y enjuta en el espejo cóncavo y ensanchar la figura del reflejado de forma cháparra y oronda como un botijo en el espejo convexo.

Calle de Álvarez Gato, Madrid

Entre la leyenda y la tradición se documenta que en esta calle del antiguo barrio de la Cruz del distrito de Congreso, tuvo casa y corrales el mayordomo de Isabel la Católica, Juan Álvarez Gato, poeta del cancionero del Renacimiento castellano y miembro de uno de los linajes más castizos de la Villa de Madrid. Pedro de Répide advierte que sin embargo Jerónimo de la Quintana sitúa las casas de Álvarez Gato, cristiano nuevo, junto a la torre de San Salvador, donde tuvo su primer establecimiento el concejo de la villa.

En cualquier caso, la leyenda popular remonta la relación del linaje de la familia Gato a un heroico asedio de la fortaleza árabe de Magerit en el año 1085 que dio origen al núcleo urbano de Madrid. El protagonista fue un temerario escalador cristiano que, usando su cuchillo como improvisado piolet, trepó la muralla indiferente a la saña defensiva de los «sarracenos». Por su habilidad trepadora en la muralla, los demás soldados le pusieron el mote de “el gato”. Al heroico soldado escalador reclutado entre las tropas del rey Alfonso VI le gustó el apodo y decidió tomarlo como apellido, más conspicuo que las casas nobiliarias de hidalgos segovianos, hasta convertirse en el linaje más castizo e ilustre de la villa de Madrid donde todavía hay descendientes con el apellido Gato.

Se enmarca en la novela histórica el relato que Mesonero Romanos hace en relación con el origen del gentilicio gato relacionado con la ciudad de Madrid. Y lo cuenta a propósito de una visita que Ruy González de Clavijo, embajador de Madrid, enviado por Enrique III de Castilla le hizo al «gran Tamborlan» aparece escrito así, tal cual, pero debe referirse a Tamerlán.

… verá esta historia el curioso lector en Rodiginio, libro XII, y en Pedro Cisnito, capítulo I; siendo, pues, este Clavijo embajador del rey Enrique III de España, queriendo el gran Tamborlan mostrar algunas cosas notables, le dijo: «Mira esta ciudad y la fortaleza de sus murallas.» El cual respondió: «No te maravilles, señor, de ver esto, porque el gran León de España, mi señor, tiene una ciudad, que se llama Madrid la Ursaria, que es hoy más fuerte, porque está cercada de fuego y armada sobre agua, y entran en ella por Puerta Cerrada; y más, sepa tu alteza que en esta ciudad hay un tribunal donde los alcaldes son los Gatos, y los procuradores son los Escarabajos, y los Muertos andan por las calles.» Y fue la historia que una puerta de esta villa se llama la Puerta Cerrada, que antiguamente llamaban la Puerta de la Culebra, por lo que arriba dijimos en la carta del Ayuntamiento, y hubo una familia de ciudadanos, principales en este pueblo, que se llamaban los Gatos, y otros que se llamaban los Escarabajos, todos gente honrada, y otros había que se llamaban los Muertos.

Ramón de Mesonero Romanos, El antiguo Madrid. Paseos histórico-anecdóticos por las calles y casas de esta villa editado por primera vez en el año 1861, edición facsímil de Trigo Ediciones 2010.

Flâneur incansable como el padre Apeles, todo dandy contemporáneo, hipster contracultural o carca que se precie, sabrá orientarse desde el jardín invernadero de la estación de Atocha, al paso de la tortuga de Zenón, hasta el barrio de las letras, para dirigirse a la plaza de Santa Ana y encontrar en el cruce entre la calle de la Cruz y la calle del poeta Núñez de Arce donde estaba la sede masónica del Gran Oriente de España, el archiconocido callejón del Gato, con sus esperpénticos y deformantes espejos con Max Estrella como guía turístico, sustituidos de los originales que el lumpen sin luces de la bohemia trasnochada destruyeron como epígonos que no tienen nada propio ni respetan la tradición.

Estrecho y corto en su longitud pero famoso por sus espejos deformantes, que plasmara Valle-Inclán en su tragedia cumbre Luces de Bohemia. No son los actuales los espejos que contempló el extravagante gallego. Aquellos eran de cuerpo cuasi entero mientras que los hodiernos son poco más que una mala copia testimonial de los que una nefasta noche de los años noventa del siglo XX unos desalmados destrozaron. Ello no impide que nos asomemos a ellos para que, una vez más, nos devuelvan unos rasgos personales deformes y esperpénticos reflejo de la oscura sociedad que nos ha tocado vivir.

Legendaria, sin base histórica ni rigor o prueba documental alguna que la respalde, es la versión que atribuye el nombre de esta calle al gato montés que el Cardenal Cisneros ordenó cazar en este lugar para que se fabricasen unas botas «iguales a las de Carlomagno», como regalo para el Gran Capitán, y que a la postre resultaron un fiasco pues todos los gatos se orinaban en ellas. Tal fue la peste insoportable que —continúa el cuento— su ilustre dueño se las regaló a su ayuda de cámara (habrá que suponer que como castigo por algún desaliño en la etiqueta cortesana), quien poco después se las vendió a un numismático de París.

No confundir la calle de Álvarez Gato o el original callejón del Gato en el barrio de las letras próximo a la plaza de Santa Ana, entre la calle de la Cruz y la calle del poeta del romanticismo con ecos del realismo costumbrista Núñez de Arce, enclave en las inmediaciones del origen de las carreteras radiales en el kilómetro cero de la plaza del Sol en el centro de Madrid, con bares gatófilos que han tomado su nombre como reclamo, por ejemplo la taberna El Callejón del Gato en el pasaje de la calle Cavanilles 50, próxima a Conde Casal o el restaurante El Callejón de Álvarez Gato, sito en calle Elfo 123, entre Ciudad Lineal, calle Alcalá 350 y el barrio de la Concepción.

En la actualidad, la calle Alfonso VI es una de las principales y más singulares calles del Madrid musulmán. Debe su nombre al conquistador de la ciudad, ya que parece que fue por esta vía por donde entró victorioso Alfonso VI. Recibe este nombre desde el 29 de mayo de 1878, ya que hasta entonces esta travesía era conocida como la Calle del Aguardiente. El motivo de esta originaria denominación era porque en ella se encontraba un depósito de esta bebida espirituosa, hasta el año 1817. En el plano de Texeira del año 1656, en el Madrid de los Austrias, no recibe nombre alguno, mientras que en el plano de Madrid trazado por Espinosa en el año 1769, ya en la Ilustración con la monarquía borbónica, se la conocía como Calle de San Isidro. Hay que indicar que, hasta el Siglo XIX, era frecuente que dos o tres calles recibiesen el mismo nombre. En el principio de esta calle, esquina con la de Redondilla, se encuentra el colegio de San Ildefonso Inmemorial de la Doctrina, también conocido como de los Doctrinos. El colegio ocupa el que antiguamente era el Palacio de Don Beltrán de la Cueva. La fama de esta institución se debe a que sus alumnos cantan el premio de la Lotería Nacional.

Charles Davis, Los aposentos del Corral de la Cruz 1581-1823: estudio y documentos: «La Planimetría general de Madrid es una serie de 557 planos, uno para cada una de las manzanas que entonces existían en Madrid, dibujados por Antonio de las Ribas entre 1757 y 1767. La numeración de manzanas y casas aparece en los planos, además de las dimensiones de cada solar, en pies castellanos, y una escala. La manzana que contenía el antiguo corral de la Cruz, ya convertido en Coliseo de la Cruz, era la número 214, circundada por las calles de la Cruz, del Gato, hoy Álvarez Gato, de la Gorguera, hoy Núñez de Arce y del Prado y la plazuela del Ángel.»

El mito romántico de la Reconquista

El linaje castizo del apellido Gato en el gentilicio de los madrileños tiene más base histórica que el contexto bélico que lo acuñó, la toma de Magerit por los hidalgos segovianos y los aguerridos soldados castellano-leoneses de Alfonso VI en el siglo XI, tras la disolución del califato Omeya de Córdoba y la toma del reino taifa de Toledo entre los años 1031 y 1085. De esta época datan también las leyendas en torno al encuentro de una imagen de la Virgen en la muralla exterior el 9 de noviembre de 1085. Esta imagen es la epifanía de la Virgen de la Almudena, patrona de Madrid.

No hay ningún códice, manuscrito, cantares de gesta como el Cantar de Mio Cid, ni está documentado en prueba alguna que en la Edad Media se hablara de “Reconquista” como una campaña militar continuada y unitaria desde la batalla de Covadonga en el año 722, la batalla de Valdejunquera en el año 920 contra la dinastía omeya del Califato Cordobés de Abderramán III, pasando por la batalla de Tolosa en el año 1212 con ayuda de los templarios enviados por el pontífice Inocencio III, la batalla de Linuesa en el año 1361, hasta la toma de Granada en el año 1492, última ciudadela nazarí.

Los reinos cristianos no reanudaron la misma gesta en un periodo tan largo de tiempo, ninguna campaña militar dura ocho siglos en la historia de la humanidad, tal ensoñación delirante proviene del romanticismo decimonónico. Sucedieron en cambio periodos históricos separados con distintos monarcas, estructura feudal y organizaciones territoriales en distintos reinos. Cuando los soldados del ejército de los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, logran la toma de Granada por capitulación nazarí en 1492, no recogen el testigo de las monarquías feudales para culminar una campaña militar de ocho siglos entre reinos cristianos contra musulmanes andalusíes, sino que dan paso a un periodo histórico diferente.

En su tesis doctoral La reconquista en la historiografía hispana, revisión y deconstrucción de un mito identitario en los siglos XVI – XIX, Martín Federico Ríos Saloma concluye en síntesis que mientas la identidad hispana se construyó con base al movimiento religioso cristiano católico, los distintos autores hablaron de la “Restauración de España” en el sentido de que según ellos, lo que perseguía la gesta iniciada por Pelayo era restaurar la libertad del pueblo cristiano y la organización del reino visigodo.

Por el contrario, cuando a partir de la segunda mitad del siglo XVIII la identidad colectiva comenzó a construirse sobre conceptos políticos como los de “patria” y “nación”, los autores comenzaron a imaginar la lucha de los reinos cristianos contra al-Andalus como una recuperación, un concepto historiográfico equivocado que fue utilizado de forma interesada y partidista por la ideología nacionalista. Fue en este contexto de la historia de España, concretamente en el año 1796 apareció por vez primera el término “Reconquista” en el Compendio cronológico de la historia de España de José Ortiz y Sanz. Correspondería a Modesto La fuente convertir a la Reconquista en una categoría historiográfica al concebirla en su Historia general de España como el “ensanche de las fronteras” de los reinos cristianos.

Más información actualizada en Wikipedia.

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